Pregunta: Padre, buen día, tengo una pregunta. Soy una persona que se confiesa cada vez que comete pecado venial o mortal. Creo que decir una mentira piadosa es cosa de debe confesarse. Mi hijo me aconseja que debo de confesarme cada mes, y me pide que me ponga a trabajar en esos errores pequeños que cometo, pero no lo entiendo bien. Quisiera que usted me diera un consejo. Le mando un saludo.

Padre Hayen: La Iglesia nos invita a que, cuando perdemos la gracia santificante por el pecado grave o mortal, y estando sinceramente arrepentidos, vayamos a confesar esos pecados al sacerdote. En cuanto al pecado venial, no es absolutamente necesario confesarlos. Por ellos podemos pedir perdón a Dios en nuestros corazones, y el Señor nos perdona. Recordemos que, al inicio de la Eucaristía, en el acto penitencial, pedimos a Dios perdón por esos pecados que no son graves.

Acudir al sacramento de la confesión cada vez que cometemos un pecado venial puede ser principio de una enfermedad espiritual que se llama ‘escrúpulos de conciencia’, o bien puede ser síntoma de ‘orgullo espiritual’. La persona escrupulosa ve los pecados donde no los hay, o bien entra en angustia por pecados que son leves. Hay de mentiras a mentiras, y una mentira piadosa ciertamente no es un pecado mortal. Con esto no le estoy diciendo que no confiese los pecados leves. Puede o no llevarlos a confesión, aunque yo le recomiendo que, si usted quiere crecer espiritualmente, los lleve al confesionario. Pero nunca con angustia, sino con una tristeza suave y con propósitos de seguir luchando contra los pecados e imperfecciones.

En cuanto a la enfermedad del ‘orgullo espiritual’, san Francisco de Sales, uno de mis santos favoritos, enseñaba que gran parte de la tristeza que sentimos por nuestros pecados no se debe a que hemos traicionado el amor de Dios, sino que viene de un orgullo o amor propio. Cuando una persona comete un pecado y siente tristeza o angustia y un gran desánimo, puede tratarse de orgullo por ver manchada su imagen de santidad que se había fabricado de ella misma. Y sale corriendo con el sacerdote, si le es posible cada semana o cada tercer día, no tanto por tratar de cambiar su comportamiento ante Dios en el futuro, sino para restaurar la imagen de bondad y santidad que tenía de su propia persona. En el fondo puede haber soberbia escondida en esto de estar confesándose cada vez que se comete un pecado leve.

Le recomiendo, señora, que cada vez que tenga que ir a la peluquería a hacerse un corte de cabello, piense que también le toca la confesión. Es decir, aconsejo la confesión mensual para aquellas personas seriamente comprometidas en su vida de fe. Para quienes se acaban de acercar a la Iglesia, o no viven su fe de manera comprometida, obviamente la confesión mensual es algo mucho más difícil, por lo que recomiendo que la confesión se haga de manera más espaciada. Sin embargo no dejemos nunca pasar más de un año sin confesarnos. Es algo que la Iglesia nos pide a todos, para que estemos en estado de gracia, si el Señor nos llama a su presencia, en cualquier momento. Dios la bendiga y la Virgen la ampare.

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