¿Cómo entendió Jesús su Muerte*

H. Schüirmann se plantea esta pregunta en su libro Jesu ureigenster Tod, (La causa original de la muerte de Jesús), donde afirma que “difícilmente puede discutirse que Jesús tuvo una conciencia clara de lo peligroso de su situación. Las falsas interpretaciones políticas de su obra no estaban fuera de lo posible en un entorno galileo, que se encontraba agitado por los combatientes políticos por la libertad. Sin embargo, dice el autor, “podemos afirmar con bastante seguridad que fue la nobleza sacerdotal y saducea la que a la postre provocó la entrega de Jesús a los romanos, incluyendo, claro, que la creciente oposición a los fariseos fuese otro factor determinante”. Es obvio, también, que la muerte del Bautista iluminara con su luz negra el futuro de Jesús. Los profetas no mueren en su cama. Igual, la muerte de Jesús no es la ilustración de un drama universal a la manera de las tragedias griegas. No; se dio en unas coordenadas histórico-temporales precisas y bajo poderes fácticos puntuales.

Pero la pregunta sigue en pie. ¿Cómo entendió Jesús su muerte? Para encontrar una respuesta a este planteamiento existen dos caminos: la primitiva literatura cristiana que refleja la predicación apostólica y la milenaria contemplación y celebración de la iglesia, comunidad de Jesús en la historia.

Pasión y resurrección son inseparables, sin la resurrección la pasión de Cristo no tendría ningún valor (ICor. 15,14), sería, entonces, como la muerte de Sócrates que pensaba ‘hacer triunfar, a través de su abnegación, la validez de su mensaje’. Igual, la pasión aparece de tal manera unida a la vida de Jesús que M. Kähler ha escrito: ‘Los evangelios son la narración de la pasión con una extensa introducción’. De hecho, el relato de la pasión es el mejor logrado, trazado con una gran coherencia narrativa, único en los cuatro evangelios.

Los relatos de la pasión no son una creación poética de la primitiva comunidad; escritos tempranos, – antes del año 60 -, ya tenían una tradición oral previa usada por los primeros predicadores para fijar el dato fundamental de la fe: pasión-muerte-resurrección. El mismo día de la resurrección, dice Pedro en su discurso “de apertura”: «Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, (los judíos) por mano de los paganos, lo matasteis colgándolo de la cruz. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte…». (Hech.2,23-24). Dato muy primitivo; Pablo dirá más adelante: “Jesús resucitó”. Él, con su propia fuerza. Pablo es quien aporta los testimonios más antiguos sobre la interpretación de la pasión. «Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación» (Rom. 4,25); tal es el núcleo de la fe cristiana. El Credo más antiguo reza así: “Les transmito lo que a mi vez recibí: que el Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras…..” (ICor.15,3-4). A mediados del 50s, fecha de sus cartas, Pablo, anunciaba así a sus comunidades el misterio cristiano.  La sombría realidad del pecado está detrás de la pasión de Jesús. Dios tolera el pecado, pero lo detesta con toda su fuerza divina. Y lo aniquilará.

Por ello el amor y la misericordia de Dios se revelan en la pasión de su Hijo sufrida por el pecado del mundo. Es él, el cordero con cuya inmolación será borrado el pecado del mundo. ‘La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo, por medio de su sangre, y con él nos ha sentado en el cielo’, escribe Pablo a los efesios.

Jesús mismo, según Juan, expresa el sentido de su muerte con la metáfora del grano de trigo que cae en tierra; si no muere queda infecundo, pero si muere, dará mucho fruto. (12,24). Muy importante es considerar esta metáfora. Para el hombre antiguo el proceso de la siembra y la nueva planta no era un simple proceso natural sino algo maravilloso, un verdadero milagro. La metáfora pretende decir que Jesús ha de morir, si quiere llevar fruto, si ha de tener éxito; pero también, que esa muerte será fecunda. La muerte de Jesús es la muerte de la que procede todo “fruto”. La Vida brota de su muerte. De ahí que se designe como una muerte salvadora, como una muerte de la que brota la vida escatológica, plena y eterna.

Morir para vivir, tal es la paradoja. Jesús se estremece ante el poder cósmico de la muerte. En esta página se condensa la paradoja del evangelio: ser vencedores de la muerte significa dejarse engullir por ella; ver a Cristo quiere decir verlo desaparecer en el sufrimiento; la hora del triunfo es la hora del suplicio; vivir es morir; ganar es perder. Jesús se marcha, no para abandonar, sino en vistas de un encuentro más profundo; muere no para descomponerse, sino para reproducirse en una multitud. Las opciones dolorosas que el presente impone no son sólo pérdidas, sino que dan vida a un futuro más bello. Para el evangelista Juan, no existe un viernes santo desesperado: subir a la cruz significa ir a la gloria.  Juan destaca la suprema libertad de Jesús, cuando dice: «Yo doy mi vida; nadie me la quita. La doy porque quiero. Tengo poder para darla y poder para volver a tomarla».

Como dato final añadamos las palabras de la Cena: ‘esta es mi carne que será entregada por ustedes y esta la copa de mi sangre que será derramada para el perdón de los pecados’. Esto tendrá lugar en  la cruz. Y manda que la celebremos siempre en memoria suya, “hasta que él vuelva”. Así entendió Jesús su muerte.

El gran teólogo luterano, K. Barth, escribe: “Cuando el N.T. afirma que el Hijo de Dios fue un hombre, afirma que también él se encuentra bajo la cólera y el juicio de Dios, que viene a chocar y romperse contra él. No podría ser de otro modo. La historia del hijo de Dios hecho hombre tiene que ser una historia de sufrimiento. Porque Dios tiene razón en contra de él. Y él mismo le da la razón a Dios Padre, aceptando y llevando a cabo una obra que lo conduce a la cruz … El hijo de Dios existe (en efecto) solidariamente con la humanidad de Israel, sufriendo bajo la mano poderosa de su Dios. Existe como uno de esos hombres de quienes nos habla el A.T. no acepta cualquier cosa, sino su sufrimiento: el sufrimiento de los hijos de Israel castigados por Dios, su Padre. No muere con una muerte cualquiera, sino con la muerte hacia la que tiende irresistiblemente toda la historia de Israel … (Dogmática.1918). “Y no solo por Israel, sino por todos los hijos de Dios dispersos por el pecado”, añade Juan (11,52). Pablo, con su realismo extremo, escribe: “al que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros”. Y “lo hizo maldición, según dice la Escritura: maldito el que cuelga de un madero”. Tal es la fuerza repugnante del pecado y así es como Dios lo trata. Así entendió Jesús su muerte, como expiación por el pecado del mundo.

San León Magno, papa, (440-461), escribe, antes y más bello que Barth: “… ¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella se encuentra el tribunal del Señor, el juicio del mundo, el poder del Crucificado.

Confesemos, pues, hermanos, lo que la voz del bienaventurado Pablo, confesó gloriosamente: Sentencia verdadera y digna de universal adhesión es ésta: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.

En efecto, tanto más admirable es la misericordia de Dios para con nosotros, cuanto que Cristo murió, no por los justos o los santos, sino por los pecadores y los injustos; y, como era imposible que la naturaleza divina experimentase la muerte, tomó, naciendo de nosotros, una naturaleza que pudiera ofrecer por nosotros.

Ya mucho antes amenazaba a nuestra muerte con el poder de su propia muerte, diciendo por boca del profeta Oseas: «Oh muerte, yo seré tu muerte; país de los muertos, yo seré tu aguijón» (13,14). Al morir, en efecto, se sometió al poder del país de los muertos, pero lo destruyó con su resurrección; sucumbiendo al peso de una muerte que no hacía excepción, la convirtió de eterna en temporal. Porque lo mismo que en Adán todos mueren, en Cristo todos serán llamados de nuevo a la vida”.

La Iglesia nos propone en su liturgia, estos días, a Cristo, en su pasión, como ejemplo de amor, de entrega y de obediencia, afín de que la celebración de estas fiestas nos ayude a vencer la fuerza del pecado que está dentro de nosotros y en nuestro rededor. ¿O usted no se estremece cuando leemos que Facebook perdió 50.000 millones de dólares por sus tranzas? La fuga de datos de 50 millones de usuarios, oscuro manejo de la información, y que incide en la elección de un tal candidato, ¿no lo vemos como un pecado escalofriante?  ¿O es, solo, error de cálculo?

La dificultad para comprender la muerte de Jesús radica en el hecho de que hemos perdido el sentido del pecado, que así lo han denunciado los papas del s. XX. Nos resulta, para efectos prácticos, más  fácil suprimir a Dios. ¡Y hay tantas formas de lograrlo! Religión incluida.

Silesius, místico alemán, s. XVII, escribe: “Si Cristo nace cien veces en Belén y no nace en ti, tú permaneces perdido para siempre …. La cruz del Gólgota no te  puede salvar si no es erguida en ti”.

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