Comenzamos Adviento

Inventar nuestro futuro

con Dios. (E. Mounier).

Sabiendo que en nuestra sociedad industrial y consumista este período coincide con el lanzamiento comercial de la campaña navideña, (precedida por el buen fin y el black friday), el adviento debe por ello comprometerse a transmitir los valores y actitudes que mejor expresan la visión trascendente de la vida. El adviento, con su mensaje de espera y esperanza en la venida del Salvador, debe mover a las comunidades cristianas a afirmarse como signo alternativo de una sociedad en la que las áreas de la desesperación y sin sentido parecen más extensas que las del hambre y del subdesarrollo. En efecto, las zonas del ‘vacío existencial’ son siempre más amplias, afectan todos los estratos sociales y se reflejan en la obsesión compulsiva del consumo y el sombrío déficit de humanidad. O, ¿cómo leer el desconsolador asesinato de esta joven mujer, Barbosa Orozco? ¡Qué triste!

La auténtica toma de conciencia de la dimensión trascendente de la vida cristiana no debe mermar, sin embargo, sino incrementar el compromiso de redimir la historia y de preparar, mediante el servicio a los demás sobre la tierra, algo así como la materia prima para el reino de los cielos. En efecto, Cristo con el poder de su Espíritu actúa en el corazón de los hombres no sólo para despertar el anhelo del mundo futuro, sino también para inspirar, purificar y robustecer el compromiso, a fin de hacer más humana la vida terrena. Si nos dejamos guiar e iluminar por estas profundas y estimulantes perspectivas encontraremos en el espíritu del adviento un medio y una oportunidad para crear comunidades que sepan ser almas del mundo.

Esto porque el adviento nos prepara a celebrar “el momento más importante de la historia” y debemos enfrentarnos a “esa terrible reducción de banalidad” (B. XVI) que es el mercantilismo.  El Adviento lleva a la manifestación de Navidad: Dios, por amor, se manifiesta e nosotros en la condición humana, bajo los rasgos del «niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre», afirma asombrado Lucas, como midiendo las palabras, temiendo hablar demás y dejarnos, así, en silencio ante el misterio.

Se trata de una alegría que se renueva y se comunica. “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado”. (Papa Fco.). El adviento nos previene contra esta enfermedad. Es por ello que todas las grandes religiones reservan tiempos especiales para que sus fieles reorienten la vida. El ateísmo es de cuño muy reciente y de marca occidental.

El Adviento está caracterizado por un fuerte llamado a la reflexión personal y comunitaria, nos llama a revisar “el combustible mental con el que vamos caminando nuestra existencia”. (G. Marcel). Nos pone en el estado de espera atenta y activa de un acontecimiento decisivo.

El leit motiv del Adviento se resume en un “estén alertas”. ¿Qué significado tiene ésta advertencia pronunciada por el Bautista y por Jesús hace ya 2000 años?

1º. Significa estar atentos a la llamada de Dios en el aquí y el ahora de nuestra existencia; cada momento de la vida nos pone ante una decisión (crisis); todos los acontecimientos son otras tantas voces de Dios. El juicio del Hijo del hombre se refiere al comportamiento presente en relación con el prójimo. Las decisiones equivocadas o justas de hoy pueden significar el juicio o la gracia final.

2º. Significa estar atentos ante un futuro que está más allá de cualquier programación humana, más allá de todo lo que puede contenerse en nuestras programaciones. Programar es la obsesión actual: programar nuestra vida en todos y cada uno de los detalles, es tarea imposible. Pero hay una instancia que no puede olvidarse antes de cualquier intento de programar el futuro. El que agudiza la propia sensibilidad para descubrir aquello sobre lo que no tiene dominio, el que no teme al riesgo y toma en serio la incertidumbre de toda cosa terrena, se abre al Dios que viene. “Al Dios del venir”, (J. R. Jiménez). La esperanza cristiana es la adecuada actitud fundamental en la cual vale la pena ejercitarse.

3º. Significa estar alertas por el Dios del futuro que cierra soberanamente la historia humana y que, en Cristo Jesús, el Hijo del hombre, que vuelve, recompensará a cada quien según sus obras.

Y, 4º. Significa estar preparados para el encuentro personal con Dios en la propia muerte. La imagen del Hijo de Dios como juez que nos revela la Escritura quiere mostrarnos la instancia ante la cual debemos hacer nuestras opciones operativas en el hoy de nuestra vida.

Pero, hablar en estos términos, ¿no es salirnos de la realidad? Creo que no. Lo afirmaba en días pasados: la solución a los grandes problemas que nos plantea nuestro tiempo exige considerar seriamente la alternativa de índole religiosa, en su mejor acepción. No deja de asombrarme el análisis que desde las ciencias humanas se hace del problema del hombre; se trata de un brillante despliegue de la razón. Pero tal parece que ver, querer y ansiar el bien, la belleza, la justicia, la verdad, la paz y la reconciliación, está al alcance de la razón, pero realizar tal ideal, ya no. Necesitamos otra alternativa. (Ver, solo, el auge criminal en México).

Y Paul Kennedy, profesor J. Richardson de Historia y Director de Estudios de Seguridad Internacional en Yale, titula un ensayo: “Fuego en la mente de los hombres”. «Dado que las guerras comienzan en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben construirse las defensas de la paz», escribe. Y las mentes enfermas que encienden las guerras parece que son las únicas que siguen funcionando.  Luego de un análisis breve y brillante, afirma: “nuestro mundo, cuando lo inspeccionamos más de cerca, no es en absoluto uniforme. Siguen existiendo lugares prometedores y algunas ciudades que todavía rezuman confianza en nuestro futuro. Pero mi sensación general es que en grandes regiones del mundo se da un aumento de la ‘ansiedad’ humana. Ya sean los empleados estadounidenses del sector automovilístico, los agricultores franceses asustados por su trabajo y por las perspectivas de su familia, los jóvenes desilusionados de los centros urbanos, los electorados decepcionados que recurren a «hombres fuertes», en las Repúblicas de Asia Central y en el resto de la antigua Unión Soviética, o los pueblos radicalizados de Suramérica, los tiempos no pintan bien.  Y en unos días de tanto pesimismo y preocupación, nuestra tendencia humana es, por desgracia, la de culpar «al otro», la de señalar con el dedo al extranjero. No importa demasiado que sean los chinos exportando artículos por debajo de su coste, o los estadounidenses intentando desmantelar las comunidades rurales de Europa, o bandas musulmanas de los suburbios, siniestras e imposibles de integrar, todos ellos amenazan nuestro estilo de vida. ¿Y dónde están los líderes políticos que reunirán las tropas, cerrarán las fronteras y aplicarán verdaderas políticas nacionales? Olviden todas esas tonterías de la comprensión cultural”. (El País. ¡30.11.05! ¿Profecía?).

¿Pero hay novedad en todo esto? ¿No será todo esto tan antiguo como el hombre mismo, y por ello el mensaje del Adviento permanente actualidad? Las mentes más brillantes de nuestro tiempo han tenido la lucidez y la valentía de denunciar la neurosis universal que nos domina, la prevalencia del gesto amenazador, la tortuosidad de las mentes donde se generan las guerras, la insensibilidad y la indiferencia ante los problemas más acuciantes de la humanidad.  Mientras nuestros políticos se ponen de acuerdo. Y estos hombres coinciden en que algo debe hacerse, pero se quedan también en el ámbito del esfuerzo meramente humano, cerrados a la trascendencia.

Hace muchos siglos, tal vez veintisiete siglos, un profeta y poeta conocido como Isaías, denunciaba una situación muy similar a la que vivimos hoy y hacía una lectura diferente. Su admiración es tan grande que comienza por preguntar a Dios mismo: “Tú, Señor, eres nuestro Padre y nuestro Redentor; ese es tu nombre para siempre. ¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus pensamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte? Estabas airado porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes….Nadie invocaba tu nombre, nadie se levantaba para refugiarse en ti, porque nos ocultabas tu rostro y nos dejabas a merced de nuestras culpas. Sin embargo, Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”. (Is. 63).

¿No necesitará el hombre actual un análisis trascendente, una nueva forma de lectura, un cambio de perspectiva para descubrir en éste desequilibrio global algo más que simples fallas en los cálculos y programaciones, en la economía, en la ley del mercado, en los errores políticos, y darse cuenta que detrás de todo está una falla muy profunda que cae en el campo de nuestra libertad, y, por lo tanto, de nuestra responsabilidad, en una opción hecha, y que en lenguaje religioso se llama pecado?  En esta perspectiva, el Adviento, sigue siendo actual. Y necesario. Es, tal vez, otra pista de lectura. Después de todo, la religión no es un asunto privado.

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