Ciudad Juárez celebra hoy 357 años de su fundación. Su primera piedra, la de aquel oratorio de paja y lodo, se colocó el 8 de diciembre de 1659. Corría el tiempo de Adviento. La ciudad está marcada fuertemente por la presencia de la Virgen María. A ella fue dedicada la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe de los Indios Mansos del Paso del Norte. Fue la Mujer del Adviento –la que esperaba en su vientre a su Hijo Jesús– la que lo dio a luz en la colina, cerca del Río Bravo, donde se celebró la primera Eucaristía. Históricamente los juarenses fuimos paridos por la Virgen de Guadalupe.

Las religiones antiguas de esta región eran indígenas. Nuestra tierra a las orillas del río estaba dentro del vasto territorio Chichimeca, las tierras del norte, donde los indios eran llamados generalmente pieles rojas, aunque pertenecían a diversas tribus. Fue la aparición de la Virgen de Guadalupe la que también evangelizó a los mansos que habitaban esta región. La veneración al sol que tenían los indígenas fue encauzada a su verdad más plena con la Mujer vestida de sol, repleta de Dios, la que trajo al verdadero Sol –Jesucristo– que nace de lo Alto para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte.

A nuestra Catedral y Misión de Guadalupe llegan, todos los días, personas muy atribuladas, buscando consuelo, paz y los favores divinos. Santa María de Guadalupe ha venido a nuestra ciudad como su patrona para confortar a sus hijos que sufren y educarlos en el amor. Su aparición en el cerro del Tepeyac no fue de amonestación o de advertencia, como en Fátima o en Lourdes. Sus palabras fueron dulcísimas y estaban cargadas de afecto. Son palabras que nos expresan el amor divino manifestado a través de un rostro femenino y materno. Se trata de un amor que nos invita a la confianza, un amor que nos confiere dignidad y que es personal. Si muchos juarenses sufren, es básicamente por falta de amor. La Virgen de Guadalupe ha traído, pues, un mensaje de amor y de educación en el amor.

Frente a la Catedral, en la Plaza de Armas, personas de otras religiones cristianas rechazan a la Madre de Dios y de la Iglesia. Desde hace décadas, su mensaje constante con altoparlantes y frente al santuario donde la ciudad fue fundada, sigue siendo provocación para romper con la unidad que Cristo ha querido para su Cuerpo Místico. Divididos en múltiples comunidades y con frecuentes contradicciones en doctrina, las comunidades evangélicas atomizan el cristianismo al dividirlo en pequeñas células desarticuladas y carentes de verdadera unidad. Rechazando la devoción a la Virgen María, se quedan con una familia espiritual demasiado masculina –el Padre y el Hijo– carente de una dimensión femenina; una familia que, sin el rostro de la madre, resulta incompleta.

En Ciudad Juárez, como en todas las ciudades, la vida se caracteriza a menudo por malos entendidos, recelos y faltas de caridad. Si queremos transformar nuestras realidades hemos de evangelizar y educarnos en el amor verdadero, en el que no podemos prescindir de la Madre de la Iglesia. El papa Benedicto XVI, en su viaje apostólico al continente americano, presentó un tríptico para la Misión Continental en el que aparece san Juan Diego en la parte inferior, evangelizando con la imagen de la Virgen de Guadalupe y la Biblia en la mano. La frase inscrita “ustedes serán mis testigos”, nos dice que el futuro de la evangelización está en imitar a aquellos primeros cristianos que le abrían un camino a la Palabra, arropados por la intercesión de María, estrella de la evangelización.

Nuestra Señora de Guadalupe nos trajo a Cristo en la Eucaristía. “Vengan a mí, ustedes, los que me aman y aliméntense de mis frutos”, son palabras del Eclesiástico que la Iglesia pone en labios de Nuestra Señora. Ella nos trajo a Él, el fruto bendito de su vientre. Aquel 8 de diciembre, hace 357 años, Ciudad Juárez nació de la Eucaristía. Es en la Eucaristía donde los hombres y mujeres que habitamos esta frontera nos nutrimos de la carne del Hijo del hombre –carne tomada de la Madre– en la que podemos reconocernos como hermanos, en la comunión de unos con otros.

Que las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, que marcaron nuestra patria y nuestra ciudad, sigan transformando nuestra vida y nos hagan palpar la civilización del amor.

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