Vamos al precipicio

con los ojos vendados.

(B. Pascal)

 

«Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven». (Ensayo sobre la ceguera). Penetrante obra de Saramago; la definía como «la novela que critica y desenmascara una sociedad podrida y desencajada». Novela psicológica que describe el profundo egoísmo que marca los distintos personajes en la lucha por la supervivencia, unos; por el poder otros y se convierte en una parábola de la sociedad actual donde la ceguera física es metáfora de la ceguera espiritual.

Algo hace que esta novela sea particular. El autor se da el lujo de obviar los nombres de los personajes. Solo la exhaustiva descripción de cada uno de ellos permite que el lector los identifique, los describe por alguna característica sobresaliente como la mujer del médico, la mujer de las gafas oscuras, el niño visco, etc. Nadie ve bien.

El autor nos acerca a los límites de nuestra conciencia a través de seis personajes anónimos dirigidos por una heroína (la mujer del médico), que han de hacer frente a una pandemia que se extiende por todo el mundo: la ceguera blanca.

En la primera parte la narración se centra en los primeros infectados, estos son recluidos en campos ante el pánico generalizado. A partir de su encierro se genera un caótico submundo, donde surgen los instintos más bajos del ser humano. (Pleitos en los puentes, franeleros, etc.). Ante el miedo generalizado, los de dentro, fruto de la incertidumbre producida por la ceguera, y los del mundo exterior por el miedo al contagio, hacen que “triunfen” los personajes más amorales, que se aprovechan de la desesperación y el pánico generalizados.

En la segunda parte asistimos a la ceguera total de la humanidad, excepto la mujer del médico. Ésta, ocultando su visión, se convierte en cabecilla de un grupo de ciegos, los primeros en entrar en los campos de reclusión. Pero el nuevo escenario es la ciudad, donde se produce la muerte en vida, los alimentos escasean y la podredumbre lo invade todo. Es aquí, en este nuevo espacio, donde la mujer del médico se convierte en una guía imprescindible para el grupo, hasta el punto de convertirse en obsesión. Pero, de repente, este ambiente opresor en el que nos había sumergido el autor desaparece, al desaparecer repentinamente la ceguera.

En “Ensayo sobre la lucidez”, Saramago ahonda en el tema. Un día lluvioso de elecciones en una ciudad que no se identifica, la mayoría de los electores decide, independientemente, votar en blanco. El gobierno decreta repetir las elecciones una semana después y el voto en blanco aumenta, resultando un ochenta y tres por ciento. Ante este hecho inesperado el gobierno emprende una serie de investigaciones y toma decisiones autoritarias, represivas e incluso ilegales, tratando de relacionar la victoria del voto en blanco con la llamada «ceguera blanca», enfermedad que había afectado colectivamente a la población cuatro años atrás narrada en Ensayo sobre la ceguera. La parte final de la novela es protagonizada por un comisario de la policía enviado a la ciudad para encontrar a los culpables de la presunta rebelión que supuso la victoria del voto en blanco.

La novela es una reflexión sobre los mecanismos del poder y las actitudes de los gobernantes ante una posible revolución pacífica protagonizada por un pueblo desesperanzado e incrédulo en medio de las elecciones que legitiman la democracia.

La presentación de la obra dio lugar a una serie de polémicas y controversias, previstas por el autor, que confirmaron la vigencia del tema y pusieron en evidencia las preocupaciones de personas que ocupaban cargos ejecutivos o puestos de poder. Las dictaduras aplastan el arte, no lo soportan.

Tal es la encrucijada de nuestro momento, que, por lo demás, no es inédito. Cada generación, cada hombre, ha de responder en su momento y en su circunstancia, a las exigencias de la conciencia. El panorama que tenemos delante, no nos deja escapatoria. Hay mucho de bueno, son mayoría los que, en medio de la crisis, de las dudas y la adversidad, siguen fieles a los principios éticos; pero la virulencia del mal es innegable. No son sólo nuestra Ciudad y nuestro Estado; en realidad, el mal nos rebasa y es tan amplio como la geografía y tan hondo como el corazón del hombre. No dudo en afirmar que, el nuestro, es uno de esos momentos previstos en el Apocalipsis cuando el mal adquiere fuerza organizativa y capacidad operativa, que rayan en la personificación. En esta coyuntura estamos atrapados en un campo de alta tensión, y estamos poniendo los muertos. Y los fundamentalismos de todo tipo, políticos y religiosos, medran.

Pero ¿tendremos la sabiduría, el discernimiento para descifrar el sentido de los acontecimientos, que, a la postre, es lo que importa? Jesús de Nazareth acusaba a sus contemporáneos de esa ceguera y les decía: “hipócritas, son muy hábiles para descifrar los signos (meteorológicos) del cielo y de la tierra; sin embargo, ¿cómo es que  no sabéis interpretar el momento presente? ¿Por qué no juzgáis vosotros mismos lo que se debe hacer? (Lc. 12,56-57).

La incapacidad para interpretar los acontecimientos, esa extraña ceguera del hombre ha tomado en la literatura la forma de metáfora. Tal es la obra de Saramago. En esta novela el autor enfoca, desde su perspectiva, la desconcertante realidad del mal: “el hombre es malo por naturaleza, el hombre es cruel, despiadado y brutalmente egoísta por naturaleza ante situaciones extremas; esto lo interpreta el autor como una ceguera. En la novela, la enfermedad repentina se va extendiendo y aniquilando la convivencia social; conforme pasan los días, las provisiones se reducen, se forman clanes, las mujeres son obligadas a prostituirse con el fin de intercambiar comida robada; la falta de higiene y la insalubridad comienzan a hacerse manifiestas, el miedo y la resignación se apodera de los ciegos; los que parecieran ser “los santos”, en lo que sería una iglesia, también están ciegos, (¡!). Por fin, aparece un resquicio de esperanza: una mujer no está ciega, ha fingido estarlo, y ahora sirve de guía a sus compañeros. El tema es sencillo pero profundo y nos recuerda, de lejos, La Peste, donde el mal es la inconciencia. Pero, aún ahí, hay lugar para la solidaridad. Como quiera que sea, se trata del hombre que es incapaz de discernir, de distinguir aquello que favorece la vida de aquello que lleva a la muerte; una especie de locura generalizada. El novelista, no cabe duda, capta un aspecto muy importante de nuestra cultura: una especie de ceguera, voluntaria o no, una incapacidad radical para ver su verdadera situación. Así las cosas, resulta imposible interpretar los acontecimientos. Los hechos más brutales son objeto de morbo y se convierten en mercancía. La obra denuncia la falta de sabiduría en el comportamiento humano en situaciones adversas. ¿No será esa nuestra situación? ¿No estaremos ciegos?

Un ciego está sentado a la vera del camino; nadie se fija en él; es demasiado insignificante. El sólo acierta a pedir limosna en su desgracia. Situación no propicia para la esperanza. Ciego, pobre, tirado a la vera del camino. Jesús va saliendo de la ciudad y pasa por donde yacía el ciego. Él oye el barullo y pregunta de qué se trata. “Es Jesús de Nazaret que pasa”, le dicen. Y el comienza a gritar: ¡“Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”! y muchos lo regañaban para que calle; pero el gritaba mucho más: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús se detuvo y mandó que se lo llevaran.

Entonces, los que antes lo regañaban, le dicen: “¡Ánimo, levántate; él te llama!” La escena es viva, dramática, llena de color y plasticidad. De un salto se pone en pie, tira la cobija y atropelladamente se acerca a Jesús. Jesús le dirige la palabra que revela interés y compasión. “¿Qué quieres que haga por ti?”. Y el ciego le contestó: “Maestro, que vea de nuevo”. El milagro está hecho; es la capacidad intuitiva y decidida para agarrar el momento preciso en que esto es posible. La respuesta es muy sencilla: “Esta bien; recobra tu vista, tu confianza te ha salvado”. Pero, el relato quedaría inconcluso si no nos dijera que, a partir de aquel momento, el que había sido ciego se fue por el camino, con él, siguiéndolo.

Es un relato cargado de simbolismo; al centro está Jesús, el ciego caracteriza a una humanidad que camina sin rumbo, pero no se resigna, busca a tientas, pero busca; rechaza su situación y tiene el coraje de pedir ayuda. Quiere ver. Cuando todos le dicen que calle, él grita más fuerte. Y recobra la vista. La interpretación unánime es simbólica. En el ciego de Jericó, el cristianismo ha visto a la humanidad toda, desesperanzada y abatida, que busca orientación en la vida.

Un día, Jesús advierte al pueblo sobre sus líderes: “Déjenlos: son ciegos que guían ciegos. Y si un ciego guía otro ciego, los dos caen en el hoyo. (Mt.14,15).

 

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