Son tres visiones de la vida las que hoy chocan en Occidente, tres religiones las que conviven, no sin dificultades, a veces muy violentas. El islam, el cristianismo y… el laicismo. Sí, el laicismo es, ni más ni menos que una religión. Alá, la Santísima Trinidad y el hombre que se adora a sí mismo son los nombres de la divinidad que tienen cada una de ellas.

En un extremo está el Dios del islam, el totalmente otro, el trascendente, creador y todopoderoso que no tiene rostro humano. En las antípodas se encuentra el hombre que se adora a sí mismo seducido por el “seréis como dioses” de la serpiente. Y entre esos dos extremos, el Dios hecho hombre de los cristianos, que ha venido a la tierra para que los hombres participen de la naturaleza divina.

Hoy el fanatismo religioso movido por el odio es un fenómeno que vemos, evidentemente, tanto en el islam como en el laicismo. El Estado Islámico es un proyecto que grupos extremistas quieren implementar a sangre y fuego, empezando por Siria e Irak. A partir de esos lugares pretenden erigir un gran califato –con un gobierno como el implementado por Mahoma basado en la ley religiosa– desde la península Ibérica hasta el norte de África y el Medio Oriente. Los ‘infieles’ –los no musulmanes– deberán de ser exterminados; y sus ‘mártires’ podrán ofrendar su vida para destruir a los laicistas o cristianos.

El otro grupo igualmente fanático es el laicismo. Aunque niegue ser una religión, el laicismo tiene todos los tintes de una religión fanática y agresiva. Afirma Santiago Martín que sus dioses son el hombre, el dinero y el poder; a ellos se ofrecen sacrificios humanos por medio del aborto. Además tiene sus sacerdotes como los políticos, filósofos y periodistas laicistas. Posee sus templos que son los medios de comunicación, así como su departamento de policía siempre dispuesto a denunciar a aquellos cristianos que no comulguen con sus ideas como es, por ejemplo, la ideología de género.

Los islamistas son, ciertamente, más fanáticos que los laicistas. No se tientan el corazón para vengar al Profeta cuando degüellan periodistas frente a las cámaras, cuando fusilan a poblaciones enteras o cuando secuestran niños y jóvenes para entrenarlos para el exterminio de los infieles. Pero los laicistas son también fanáticos y agresivos. En su odio a todo lo religioso no toleran el Crucifijo, ni las campanas de las iglesias, ni que se mencione a Dios en la política, ni tampoco que alguien se oponga a sus ideas sobre la sexualidad, la vida y la familia. Y son tan intolerantes –mucho más de lo que son los cristianos– que son capaces de llevar a los tribunales a quienes pregonen otras ideas que no son las suyas.

Islamismo y laicismo son dos religiones fanáticas y agresivas –es cierto que no para todos sus seguidores– pero sí para una buena parte de ellos. Son fundamentalismos errados. Cuando los laicistas de Occidente defienden el derecho a la blasfemia como parte del derecho a la libertad de expresión, estamos ante alguien tan peligroso como un musulmán enardecido.

Muchos laicistas sostienen la opinión de que las religiones son la causa de todas las guerras. Por ello dicen ellos que es mejor no tener religión. Marx también decía que la religión era el opio del pueblo. Pero esta idea hizo estallar la mayor violencia de todos los tiempos, cuando a nombre del ateísmo se exterminaron cien millones de personas en la antigua URSS. O bien cuando murieron miles de franceses en la guillotina por no comulgar con aquello de ‘liberté, égalité, fraternité”. El ateísmo laicista puede ser tan fanático y violento como el fundamentalismo islámico. Y mucho más virulento que el cristianismo más ortodoxo.

¿Y los cristianos? El discípulo de Jesús vive en medio de los dos fanatismos, aguantando la persecución sangrienta de los musulmanes radicales o soportando las burlas, blasfemias, discriminaciones y acosos de los laicistas ateos. El cristiano nunca responde al mal con la misma moneda; muere perdonando y sabe dar el manto a quien le pide la túnica. Lucha por desterrar el odio, el racismo y la antipatía. De las tres religiones, es la que mejor contribuye al diálogo y a la paz.

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