(Con ocasión del Centenario de natalicio de don Manuel Talamás C., publico, íntegro, este artículo aparecido cinco días luego de su muerte. In Memoriam.).

Así se dirigía S. Agustín, a su obispo Valerio: bonus senex. Así saludaba yo a D. Manuel. ¿La traducción?: “mi querido viejo”, con la connotación de amor y veneración, de confianza y respeto que el “bonus senex” se había ganado a pulso. Y, él, con su sonrisa inolvidable, volvíame a contar el chascarrillo de los viejecitos que, platicando entre ellos, le dice uno al otro: ¡qué feo es llegar a viejo!, y el otro respondía: ¡es más feo no llegar!

Y don Manuel llegó a la edad provecta con la nota del proceso ascendente que es toda vida que no se malogra. Le recordaba yo las palabras de Pablo, y no porque él las hubiera olvidado, que bien las sabía, sino que, por el peso de esa larga enfermedad que es la vejez, se quejaba de sus dolencias y limitaciones: “Mientras esta morada terrenal en la que habitamos se va desmoronando, se nos prepara una mansión incorruptible, no hecha por mano de hombre, que nos aguarda en el cielo”.  Y me decía: “En efecto, así es. Tienes razón”. Yo estaba seguro que, mientras la enfermedad y el tiempo iban carcomiendo la morada terrenal, su cuerpo físico, al mismo tiempo, en el cielo, se le fue preparando esa mansión incorruptible, es decir, esa participación plena en el misterio de Cristo glorificado. Nuestro destino como creyentes es participar de la resurrección de Cristo. Y Don Manuel, tras una larga y fecunda vida, que no fue, en forma alguna, fácil y regalada, sino de entrega, ha llegado a esa plenitud.

En nuestra ciudad, y más allá, se ha acusado recibo de su fallecimiento. El mundo de los medios ha destacado muchos de los aspectos de su vida y de su trabajo entre nosotros como el creador de esta Iglesia Local a la que marcó fuertemente con su impronta y cuya estructura física y espiritual formó hasta encabezar las grandes luchas en el ámbito social de la República.  Todo esto será destacado por los medios de comunicación.  El Diario de Juárez tiene el privilegio de contar en su archivo con el legado inapreciable que fueron sus participaciones editoriales.  Ahí contemplamos la claridad, el rigor lógico y la valentía que en esos momentos era necesaria para hablar de la urgencia de una vida auténticamente democrática en México.  Tales intervenciones le acarrearon muchas dificultades, muchos ataques y difamaciones. Pero el hombre permaneció tranquilo cumpliendo serena, decidida y valientemente, una misión que él creía debería realizarse.  Ahí están los testimonios: “Defiéndase”, en el que desenmascara la falsedad de quienes se oponían a la democracia afirmando “que cualquier cambio de partido gobernante implica un retroceso en la vida de México”.  “¿Por qué perdieron?” es otro artículo que apareció por primera vez el 24.07.1985 y que éste día 12 publica El Diario como un homenaje al gran editorialista que fue Don Manuel.  “He recalcado repetidas veces, afirmaba Don Manuel, que me siento obligado por mi ser de mexicano, a aportar mis modestas opiniones y mis razonamientos para promover una verdadera democracia en mi Patria, y, al constatar la persistencia del partido oficial en afirmar que perdió en Chihuahua y Juárez por la intromisión del llamado clero político, considero útil enumerar algunas de las actitudes que fueron asumidas por militantes del mismo partido oficial en la reciente campaña electoral, que evidentemente no concuerdan con un espíritu democrático, y que, por tanto, lejos de favorecerlos, les causaron daño, dado que el pueblo está ansioso de vivir la auténtica democracia”. Esta pequeña joya queda como un testimonio histórico que, además, conserva su valor y sirve de advertencia.

Creo que Don Manuel descubrió por intuición el valor del periodismo, porque en una época en la que ya no tenemos ni la capacidad ni la posibilidad de echarnos a cuestas grandes tratados sobre historia o sobre política o sobre sociología, el artículo editorial o la entrevista adquieren una importancia decisiva y se convierten en verdaderos documentos de la historia, porque reflejan en forma directa, inmediata, al calor de la batalla, el acontecer de un pueblo. Esto hizo de Don Manuel un hombre de su tiempo y de nuestro tiempo, un pionero que descubrió, o intuyó, la trascendencia del mundo de los medios que el recién terminado Concilio Vaticano II había destacado, no solamente por un documento que emana de él, “Inter Mirífica”, sino por ser el segundo documento de dicho Concilio.  El Diario podría regalarnos periódicamente alguna de esas joyas.

Pero no seríamos fieles a la memoria de Don Manuel si no pusiéramos el acento en donde debe estar.  Don Manuel fue esencialmente un profundo creyente, un sacerdote íntegro y un obispo residencial consagrado a su misión, que supo entender su vida toda como un don inestimable de Dios que debía ser puesto al servicio de sus hermanos.  Si me hubiera sido dado elegirle un epitafio, yo pondría un fragmento de la lectura bíblica que se leyó el día 10 de mayo cuando su cuerpo fue recibido en la Catedral. Esta lectura no fue elegida, se trataba de la lectura del día. Así lo destacaba Don Renato, obispo, en su homilía: “Si hubiéramos elegido una lectura para ésta ocasión, no lo hubiéramos encontrado mejor”.  La lectura, (Hech.), se refiere a un episodio de la vida de Pablo; encontrándose en Mileto mandó llamar a los presbíteros de la comunidad cristiana de Éfeso para despedirse de ellos y les dijo estas palabras: “bien saben cómo me he comportado entre ustedes, desde el primer día que puse mi pie en Asia: «he servido al Señor con toda humildad, en medio de penas y tribulaciones, que han venido sobre mí por las asechanzas de los enemigos. También saben que no he escatimado nada que fuera útil para anunciarles el evangelio, para enseñarles públicamente y en las casas, y para exhortar con todo empeño a todos, judíos y griegos, a que se arrepientan delante de Dios y crean en nuestro Señor Jesucristo»”.  Creo que no existen mejores palabras para definir lo que, en instancia última, fue la vida de Don Manuel.  Así la entendió El. Y, aún en el quehacer, que pudiera dar la impresión de ser pura crítica social, encontramos el hombre cuyo fundamento es el evangelio. Sus aportaciones en el campo de la sociología y la política no eran las del sociólogo o las de un politólogo, y menos aún, las de un político. Eran las de un pastor profundamente convencido de que, desde la “originalidad del evangelio”, (Pablo VI), deberían hacerse las aportaciones luminosas sobre el quehacer humano y la estructuración de nuestro mundo.  Don Manuel fue fundamentalmente eso, un profundo creyente, un gran cristiano.

“El Espíritu Santo, mi luz y mi fuerza”, así se titula uno de los “Mosaicos” de su vida, en el que alude a la enfermedad que lo aquejó durante toda su vida y que le impedía largas lecturas.  Dice: “Esta grave limitación de mi capacidad para leer me fue empujando hacia otro modo de esfuerzo intelectual, a la manera de los ciegos que agudizan sus sentidos del oído y del tacto para compensar su incapacidad de ver. Por tanto, para preparar las diversas modalidades del ejercicio de mi misión profética, es decir, de anunciar el evangelio y denunciar las injusticias, leía poco pero reflexionaba mucho siempre que tuve que preparar clases, conferencias y, sobre todo, la predicación. Así pues, leyendo poco y reflexionando mucho, fui adquiriendo otro tipo de hábitos intelectuales que me fueron dando mi modo peculiar de enseñar, de predicar y de escribir, así como todas las demás personas tienen también el suyo propio”. Bien conocía, D. Manuel, la regla de la retórica latina que dice: “non multa, sed multum”, no muchas obras, sino saber leer bien, es decir, digerir lo leído. De lo contrario se padecen empachos intelectuales.

¿Cómo entendió su vida Don Manuel? ‘¿Quién fue él?  Dejemos que nos lo diga El mismo; oigamos esta “confesión” suya que sirva a la vez de homenaje cediendo ante  la maestría y la vida luminosa de D. Manuel: «Porque mi vida es la historia de una vocación sacerdotal ansiosamente anhelada, desde los nueve años; graciosamente concedida por Cristo Jesús, a los veintiséis; e intensamente vivida al servicio de Dios y del pueblo, hasta mis setenta y siete años.

Porque entre más años he vivido, más he valorado el don de la vida, el don de la fe y el don del ministerio sacerdotal, que tan gratuitamente me obsequiaron las tres Divinas Personas.

Porque el don de la vida ya ha durado hasta los 77 años, cuando tantas personas han vivido mucho menos.

Porque el don de la fe cristiana y católica lo recibí también hace 77 años, cuando aún quedan miles de millones de hombres sumergidos en un rudimentario paganismo, y también muchos millones de personas que, si bien reconocen al Dios vivo y verdadero, aún no lo conocen en su Trinidad de Personas, ni mucho menos en la inimaginable manifestación del amor del Padre, al habernos dado a su Hijo Unigénito para que se hiciera hombre como nosotros, y, después de anunciarnos el Evangelio, se entrega a la muerte de cruz para redimirnos; y también porque aún hay muchos millones de personas que son cristianas, pero con un contenido de fe gravemente mutilado.

Porque los 77 años de mi vida han transcurrido entrelazados con abundantes y muy notables acontecimientos locales, nacionales y mundiales, tanto en la esfera civil y cultural, como en la eclesiástica.

Porque esa fe cristiana y católica, que recibí en el bautismo como minúscula simiente, ha crecido durante 77 años, hasta desarrollar suficiente follaje donde muchos pájaros han venido a posarse.

Porque mis cincuenta y un años de ministerio sacerdotal fueron providencial y admirablemente tejidos con dos madejas: mi pequeñez, pero misericordiosamente elegida, y el poder amoroso de Dios Padre, de Jesucristo, Sumo Sacerdote y Redentor nuestro, y del Espíritu Santo, Señor y Dador de vida.

Sentí, pues, con el correr de los años y con la maduración de mi conciencia sicológica humana, cristiana y sacerdotal, que esa vida y esa fe de 77 años, y ese ministerio de cincuenta y un años, no podía yo dejar de darlos a conocer como insignificante y permanente manifestación de mi profunda gratitud a Aquél de quien el Apóstol Santiago dice que es el Padre de las luces, de quien desciende “toda dádiva preciosa y todo don perfecto”. (St. 1,17)

Mi Vida en Mosaico, pues, la escribí como un intento balbuciente de entonar mi canto de gratitud y alabanza al Señor, tratando de imitar, aunque sea lejanamente, el grandioso Magníficat que entonó la Santísima Virgen María cuando su prima Isabel la proclamó bienaventurada, porque creyó que se cumplirían en ella las cosas que le fueron dichas de parte del Señor. (cf. Lc. 1,45)

Y la llamé: en «mosaico», porque está redactada en cuadros de mi vida, negros, blancos y de colores que, conjuntados, dan testimonio fehaciente de lo que el Todo, que es Dios, hizo de la nada, que fui yo, y en la pequeñez que sigo y seguiré siendo».

Hermosa página que revela la interioridad de un hombre, nudo recóndito donde reside la fuerza de una personalidad,

A estos 77 habría que añadir 11 años más igualmente fecundos, vividos en el retiro y el silencioso diálogo con Dios, preparando de forma inmediata el encuentro liberador y definitivo con el Señor que ya ha tenido lugar. Ahora solo le resta aguardar la corona reservada a los buenos pastores.

 

 

 

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