Ayer le impartí la unción de los enfermos a mi abuela. A sus 99 años tuvo una caída y fractura de cadera. Por eso ha ingresado en el hospital y hoy espera una cirugía. El problema es que su corazón está muy débil. Rechazó el marcapasos y sólo se ha entregado en las manos de Dios. Ella es mujer de oración y de fe grande. Sabe que su vida está en peligro y se ha entregado en las manos de Jesús, quien la ha tocado a través del sacramento de la unción.

Aquella mujer del Evangelio creía que con sólo tocar el manto de Jesús, sus flujos de sangre se curarían. Y así fue. Jacob tomó una piedra y se la puso como almohada. Era una simple piedra, pero en ella estaba la presencia de Dios. Jacob despertó y lo reconoció diciendo: “Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía”. Para Jacob, una piedra sirvió para establecer una relación con el cielo. Para la hemorroísa, tocar el manto abría una relación con el poder divino de Jesucristo.

En la vida cotidiana muchos solamente vemos la realidad de manera superficial. Aparecen enfermedades, dificultades y problemas familiares o laborales, y las vemos como simples piedras del camino. Si tuviéramos una fe más viva, descubriríamos que esas piedras no son la realidad total. Vemos sólo apariencias pero, en el fondo, está el amor de Dios que nos invita a tener una relación más íntima con Él.

Le pedimos a Jesús la gracia de descubrirlo en los pequeños detalles de la vida, y que veamos en los sacramentos un puente que Jesús ha abierto entre el cielo y la tierra para santificar nuestras vidas.

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