El 21 de noviembre dos sujetos entraron en una vivienda de la colonia Ampliación Felipe Ángeles, donde atacaron a golpes a tres hermanitas de 10, 11 y 12 años, para violarlas y estrangular a una de ellas. Por la brutalidad de los delitos y la fragilidad de las víctimas, estos hechos conmocionaron a nuestra ciudad y suscitaron olas de indignación y repudio. Los acontecimientos llaman, a quienes habitamos esta frontera, a hacer un examen de conciencia.

Los individuos que cometieron estos delitos pertenecen a una categoría que hoy podemos llamar ‘muertos vivientes’, personas que no tienen sentimientos ni estructura moral. Es doloroso decirlo, pero se trata de personas que han perdido el alma. Para ellos la vida no vale nada, ni la propia, ni la de los demás. Lo mismo resulta matar que no matar. La única gloria a la que aspiran es disfrutar el momento a través de sus instintos más básicos, aunque para ello se pise o se tenga que quitar la vida a otras personas.

Asusta la banalidad de la perversión. Muy probablemente quienes cometieron los delitos festejaron su hazaña. Vivimos en una sociedad donde se han borrado las fronteras entre el bien y el mal. De hecho el mundo se ha puesto de cabeza: a la luz se le llama tinieblas y, a las tinieblas, luz. Hay delitos atroces a los que hoy se les llama ‘derechos humanos’. Hemos olvidado los Diez Mandamientos, si es que alguna vez los aprendimos, y no nos preocupamos porque las nuevas generaciones los asuman y los vivan. El mundo, que una vez fue civilizado, se pronto se está convirtiendo en un páramo desolado donde los fuertes devoran a los débiles.

Nuestra sociedad y familias disfuncionales tienen hoy la tendencia a engendrar la ley de la selva. La organización del trabajo en la industria maquiladora -ambiente laboral de los padres de las niñas ultrajadas- no permite la suficiente convivencia entre padres e hijos. Muchos niños deambulan solos en las calles, como ovejas sin padres ni pastores, y quedan a merced del mundo de las drogas, las pandillas y los grupos delictivos, lobos rapaces de nuestro tiempo.

A las autoridades municipales y estatales les exigimos la pronta detención de estos sujetos y el más duro castigo para ellos, pues impartir justicia y seguridad para todos es el deber primario de un buen gobierno. A quienes habitamos esta ciudad les exhortamos a dejar todo estilo de vida individualista, el cual fomenta el desinterés por los problemas comunitarios, y a asumir, en cambio, una educación para la paz que nos lleve al cuidado de unos por otros. Afirmamos que “la vida humana es sagrada desde su inicio hasta su término, y afirmamos el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política” (Evangelium Vitae, 2).

A la comunidad católica le pedimos, además de la oración incesante por la paz, hacer más esfuerzos por llevar cada vez a más personas al encuentro con Jesucristo vivo, ya que la violencia es el efecto de la separación del hombre con Dios. Un sarmiento separado de la vid, que es Jesús, se seca, se le acaba la vida y puede convertirse en victimario de la cultura de la muerte. Solo en el fomento de una espiritualidad que desarrolle las virtudes para la convivencia humana lograremos que hechos monstruosos se repitan, y así podremos construir una convivencia que fomente lo bello, santo y noble que existe en el corazón del hombre.

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