Méteme, Padre eterno, en tu pecho,
misterioso hogar,
dormiré allí, pues vengo deshecho
del duro bregar.  (M. de Unamuno)

La muerte de monseñor Ignacio Villanueva ocurrió el primero de noviembre, solemnidad de Todos los Santos. Ello es un signo. Sus últimos años el padre los vivió en los altos hornos del sufrimiento, donde el fuego purifica el oro. Desde que concluía su servicio en catedral, en 2013, ya daba señales de agotamiento físico. Más tarde, al caminar por las calles del centro histórico, sufrió una caída que aceleró su deterioro. Entonces creíamos que iba a morir, pero no fue así. Monseñor se quedó unos años más para acompañar a Jesús en su Pasión y expiar por las faltas del mundo pecador.

Tras varios años de estar juntos sirviendo a la diócesis en el mismo decanato, recordaré a monseñor Villanueva como el hombre lleno de bondad que me recibía en el confesionario con una sonrisa, como aquel ministro de Dios que siempre me animó a continuar con mi vocación al sacerdocio. Lo llevaré en mi memoria como aquel sacerdote que desbordaba su amor a la Virgen, como el que acompañaba al Pueblo de Dios desgranando las cuentas del Rosario todos los días como antesala de la santa misa, como un padre dispuesto a ayudar a sus hermanos sacerdotes en sus necesidades.

En los últimos años de su vida el padre Villanueva perdió el habla. Dicen que se comunicaba guiñando sus ojos. ¿Cómo transcurriría el tiempo en su interior? ¿De qué hablaba con Dios? Me hago esta pregunta porque siempre que lo veía en su silla de ruedas mostraba su semblante sereno, imperturbable, ciertamente en parte debido a su enfermedad. Así vivió sus últimos años, cumpliendo en su cuerpo la profecía del Señor a Pedro: “Otro te llevará a donde no quieras”.

Aunque a los mayores no les agrade a dónde los lleven, esos ‘otros’ son demasiado importantes para los ancianos o los enfermos. Ese ‘otro’ para el padre Villanueva fue el padre Efrén Hernández Navejas, párroco de La Sagrada Familia. Tutor, lazarillo, guía, vigilante, cirineo, cuidador, amigo y hermano, el padre Efrén cumplió con la hermosa misión de hacerse cargo de un hermano mayor suyo en el ministerio. En un bello gesto de fraternidad sacerdotal lo llevó consigo para cuidarlo durante años, junto con Martina, la hermana de padre Villanueva. Me pregunto quiénes serán los que me acompañarán al pie de la cruz cuando me encuentre en la agonía de mi propio calvario.

Al recordar a monseñor Villanueva en aquellos lejanos años de mi infancia, en los que fue mi párroco en Nuestra Señora del Sagrado Corazón; al recordarlo cuando conviví con él en el sacerdocio y, por último, cuando lo miré crucificado sobre su gólgota, pienso en el tiempo que se nos escapa como agua entre los dedos. ¿Cómo vivo el sacerdocio que Dios me regaló? ¿Con qué pasión e intensidad hago lo que hago?

Cuentan que cuando san Luis Gonzaga era novicio, estando en un juego de pelota en uno de los recreos, sus compañeros se divirtieron haciendo repentinamente una pregunta. Se dijeron de golpe: “Si supiéramos de pronto, en este mismo momento, que el Juicio Final tendrá lugar dentro de veinticinco minutos, ahora son exactamente las once y diecisiete, ¿qué harían ustedes?” Algunos pensaron en ejercicios espirituales, otros en hacer oración, hubo quienes dijeron que se apresurarían al confesionario, algunos se encomendarían a la Virgen y otros a sus santos patrones. Luis Gonzaga simplemente dijo: “Yo continuaría jugando a la pelota”.

Parecería que el santo jesuita era frívolo con esa respuesta, pero no lo era. Tampoco era que la vida y la muerte le importaran un cacahuate. Lo inmediato de la muerte no lo paralizaba. El juego de la pelota no era una simple distracción para él, sino que era su tarea que como hombre tenía en aquel momento. Luis Gonzaga vivía con amor e intensidad su entrega a Dios en todo lo que hacía. Para él lo importante no era la grandeza de lo que se hace, sino la verdad y el amor con que se hace.

Estar frente al ataúd abierto del padre Villanueva y rezar ahí por él me hizo pensar en que pronto estaremos como él, en un cajón fúnebre. No importa si eso ocurre mañana o dentro de cincuenta años. Lo cierto es que el tiempo corre velozmente, y el que ahora tenemos es un regalo. Recordar la muerte de nuestros seres queridos nos hace vislumbrar la meta a la que hemos de dirigir nuestra carreras.

Ignoro cuántas misas me quedan por celebrar, los feligreses para escuchar en confesión, los momentos de oración, de diversión o de convivencia con los fieles de mi parroquia me esperan. Tampoco sé cuántos momentos vendrán para departir con mis amigos o las ciudades nuevas que conoceré. No lo sé. Lo único que pido al Señor es que, sin perder sentido del humor, lo haga todo con profundidad, es decir, que todo se ordene con vistas hacia el encuentro con Dios.

Entonces sí, como dice Fabrice Hadjadj “jugaremos a la pelota como jugaríamos con los ángeles. Plantaremos árboles como se siembran oraciones. Acogeremos al cliente que viene a abrir una cuenta como al Mesías que viene a abrir nuestras almas”.

Ver en el Blog del Padre Hayen