Si hay un misterio que tiene la vida es el del sufrimiento. Octavio Murguía fue un joven, como cualquiera, alegre, deportista y simpático durante su infancia y adolescencia. En la escuela lo llamábamos ‘el coruco’. El nombre coruco se refiere a un pequeño parásito que vive en las aves domésticas como las gallinas, y que ocasionalmente ataca al hombre. Sepa Dios por qué le llamaban así, seguramente que por inquieto y travieso.

Recién terminada la secundaria, Coruco empezó a desarrollar una extraña enfermedad. Su cuerpo se fue paralizando. Poco a poco fue perdiendo sus facultades motoras y su capacidad de hablar. Pero mientras que su físico se iba lentamente atrofiando, crecía su lucidez y sus ganas de vivir. De un buen humor habitual, se fue convirtiendo en un maestro de vida para su familia y para muchos que lo conocimos. Le gustaban las bromas. Recuerdo en una ocasión en que, en su silla de ruedas, lo saqué a pasear. Fuimos a un restaurante y con señas me dijo que quería ir al baño. Había que abrir una válvula a una bolsa para que se expulsara la orina. Por mi falta de habilidad, mi mano quedó empapada mientras que él reía a carcajadas. “¿Te acuerdas cuando me measte, Coruco?”, yo le decía, y él siempre reía.

Pasaron los años y Coruco se fue deteriorando cada vez más. Perdió completamente el habla. Sin embargo sus ganas de vivir lo llevaron a fiestas, a conciertos, a retiros, a juegos deportivos, a la Eucaristía. Coruco, como podía, también acudía al sacramento de la Reconciliación para confesarse con señas y a base de preguntas y respuestas. Fueron más de 30 años los que Coruco Murguía vivió atado a la Cruz con Cristo crucificado. El sábado 29 de abril, el Señor lo llamó a su presencia.

¿Cuál era el secreto de Coruco para permanecer en paz clavado a la cruz durante tantos años? Estoy seguro que él veía a Dios con los ojos de la fe. Contemplaba la gloria de Dios. Hoy he leído el pasaje de Hechos de los Apóstoles que narra el martirio de Esteban. Al protomártir le llovían piedras, blasfemias e insultos y, sin embargo, estaba lleno de Espíritu Santo y su cara parecía como la de un ángel porque su mirada contemplaba la gloria de Dios.

Estoy seguro de que ese fue el secreto de Coruco: mientras que sobre su cuerpo caían, como piedras, estados más graves de su enfermedad, él contemplaba la gloria del Señor. Jesucristo no fue un fantasma en su vida. Fue real. El mismo Jesús, el Hijo del eterno Padre, el hijo de la Virgen María, el que muchos vieron y tocaron, el que fue clavado en la Cruz, el mismo que resucitó de entre los muertos, el que se apareció a Saulo y el que hoy está sentado en el trono celestial con el Padre y el Espíritu; ese es el Jesús que Coruco contempló con los ojos de la fe. El Jesús que se le ofreció en la carne, el Jesús que se le ofreció crucificado, el Jesús que se le ofreció en la Iglesia.

La gloria del Señor se manifiesta donde hay caridad. Donde hay amor, ahí está Dios, ahí brilla su gloria. Coruco vio la gloria del Señor en su corazón y en su familia. Durante más de tres décadas, sus papás Mague y Poncho, así como sus hermanos Lucila, Poncho, José, Ana María, Julieta y Ricardo, así como sus primos y sobrinos, le supieron hacer cercano el amor de Dios a través de tanto cariño y atenciones. Por eso Coruco no vivió triste, sino en la alegría de haber encontrado el amor divino expresado en el amor humano.

Para nuestro mundo materialista y espiritualmente ciego, quien no produce, quien no consume, quien no gasta su vida en placeres y comodidades, la vida no vale la pena vivirse. Para los cristianos, en cambio, más allá de una persona con discapacidad hay un Cristo que sufre. Detrás de un pedazo de pan consagrado está Cristo, el Pan vivo bajado del cielo. En una familia que sabe ser pan partido para atender y consolar a uno de sus miembros que está enfermo, resplandece la gloria de Dios. Hay que tener ojos para ver y oídos para escuchar.

Gracias Coruco por tu entrega a Jesús en la cruz. ¿A cuántos habrás contribuido a salvar, completando en tu carne lo que faltaba a la Pasión de Cristo? Desde el cielo sigue salvando almas con tu oración de intercesión. Y si con la misericordia del Señor llego yo un día donde tú estás, no te voy a reclamar por la meada que me diste un día en que te llevé a un restaurante. Ahí sí que me voy a reír contigo por la eternidad.

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